Cuando el calor aprieta durante los meses de verano, la reacción instintiva de la mayoría de los usuarios al llegar a casa es tomar el mando del aire acondicionado y bajar el termostato hasta el mínimo posible, habitualmente los 16 o 18 grados. Sin embargo, lo que parece una solución rápida para combatir el bochorno es, en realidad, una decisión poco eficiente que afecta directamente tanto a nuestro bienestar físico como a la durabilidad y el consumo de los equipos.
El equilibrio entre confort y ergonomía térmica
Lograr la temperatura perfecta no es una ciencia exacta, ya que depende de variables como la humedad, la vestimenta o el nivel de actividad de las personas. No obstante, normativas como el Reglamento de Instalaciones Térmicas en los Edificios (RITE) ofrecen una guía clara: para una actividad pasiva en un espacio cerrado, el rango de confort ideal en verano se sitúa entre los 23 °C y los 25 °C.
Es importante entender que el cuerpo humano experimenta choques térmicos cuando la diferencia entre el exterior y el interior es excesiva. Mantener la casa a 18 grados cuando en la calle superamos los 35 no solo es antinatural, sino que rompe los criterios de ergonomía ambiental necesarios para que nuestro sistema termorregulador no trabaje en exceso.
El impacto en las vías respiratorias y la piel
El uso incorrecto de la climatización tiene un reflejo directo en las consultas médicas. Datos de la Sociedad Madrileña de Neumología y Cirugía Torácica (NEUMOMADRID) indican que hasta un 20% de los cuadros de resfriados, faringitis y afonías en verano están vinculados a la exposición al aire acondicionado.
El problema no es solo el frío, sino la física del aparato. Para enfriar, el equipo condensa la humedad ambiental y la expulsa al exterior. Esto genera un ambiente excesivamente seco. Si la humedad relativa baja del umbral recomendado (entre el 45% y el 60%), las mucosas de la nariz y la garganta se resecan, perdiendo su capacidad protectora contra virus y bacterias.
Para colectivos vulnerables, el riesgo es mayor:
- Bebés y niños: Requieren un entorno más estable, idealmente entre los 22-24 °C durante el día.
- Personas mayores y enfermos crónicos: La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que bajar de los 18 °C en el hogar puede comprometer la seguridad respiratoria en climas templados.
El mito del enfriamiento rápido y el gasto energético
Existe la creencia errónea de que si ponemos el aire a 16 °C, la habitación se enfriará antes que si lo ponemos a 24 °C. En la mayoría de los equipos, el aire sale a la misma temperatura; lo que cambia es el tiempo que el compresor estará funcionando al máximo.
Al seleccionar una temperatura inalcanzable (como 16 °C en pleno agosto), anulamos las ventajas de la tecnología Inverter. Esta tecnología está diseñada para que el aparato trabaje a pleno rendimiento al principio y luego baje a una “velocidad de crucero” para mantener la temperatura con un consumo mínimo. Si el termostato nunca detecta que se ha llegado al objetivo, el motor funcionará al 100% de su capacidad de forma ininterrumpida.
Este sobreesfuerzo se traduce en facturas eléctricas mucho más elevadas. Se estima que por cada grado que bajamos el termostato por debajo de los 25 °C, el consumo de electricidad aumenta entre un 5% y un 10%.
¿Cuándo tiene sentido bajar el termostato al mínimo?
La única situación en la que es justificable seleccionar una temperatura muy baja es para forzar una refrigeración inicial rápida durante un periodo muy breve (10 o 15 minutos). Una vez que se rompe la inercia térmica de la habitación, lo más inteligente —por salud y por economía— es estabilizar el equipo en los 24 °C.
En definitiva, gestionar el aire acondicionado con criterio no solo prolonga la vida útil del aparato al evitarle esfuerzos innecesarios, sino que garantiza que el confort no se convierta, a los pocos días, en una visita a la farmacia o en un susto al revisar la cuenta bancaria.


































